2016

navarone
museo de arte de el salvador
del 16 de junio al 14 de agosto

La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida. La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar.
–Emmanuel Levinas–

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El retrato sin rostro
Élmer Menjívar

Protegerse. Eso fue lo que hizo el primer ser humano que cubrió su rostro. Protegerse físicamente de la luz, del frío, del golpe, del dolor, de la naturaleza y sus inclemencias. Luego fue también para protegerse existencialmente, protegerse del otro, de los otros, del mundo. Esconderse tras un gesto tan instintivo como ingenuo, el último recurso para tratar de no estar, volverse invisible, de conseguir ser un anónimo, un sin nombre. Protegerse de las inclemencias sociales. Proteger lo único que es irremediablemente propio: el yo, el id, la identidad, lo privado, lo que somos, quienes somos.

En estas inclemencias se ubica la cotidianidad trastocada por el símbolo del navarone que Antonio Romero ha retratado con el ingenioso juego de absurdo: el retrato sin rostro. Una iconografía tremendamente obvia, tremendamente incómoda, tremendamente directa, tremendamente simple, casi perversa, casi ofensiva, casi ridícula, casi valiente, casi cobarde.

Sin rostro estamos protegidos. Sin rostro somos amenaza. Amenazamos para protegernos. Es una violencia sin violencia, un anuncio que quizá no llegue a ser, quizá sí. El código universal del anonimato como violencia, un código que para los salvadoreños resulta dolorosamente actual. ¿Quién nos protege? ¿Quién nos amenaza? ¿De quién nos protegemos? ¿A quién amenazamos?

Luego de un tiempo haciendo retratos en su libreta de apuntes, estos saltaron a óleos de gran formato y otros adquirieron su propia personalidad en el mismo papel de libreta, y en conjunto son una gráfica confesión reposada que cuando la busco en sus propias palabras la encuentro en mi propia libreta:“Me entristece mucho el nosotros mismos. Nuestro retrato como sociedad es un tanto macabro, es un retrato de impunidad, de abusos de poder, y la impunidad y el abuso de poder son posibles porque se hacen desde el anonimato”.

El anonimato del que habla Antonio Romero tiene rostro colectivo, un anonimato multitudinario en el que confluye la vergüenza y el pudor, pero también la cobardía y la complicidad. El peligroso anonimato de una sociedad permisiva con la impunidad y el abuso que corrompen la intimidad doméstica y la convivencia pública.Víctimas y victimarios se alternan el navarone para desempeñar su anonimato, a veces, incluso, frente al espejo. Dentro de cada navarones estamos todos, y fuera también, a veces al mismo tiempo.

El Salvador, 2016